
CAPITULO VII DEL LIBRO SUEÑOS DE EMILIO GALDÁMEZ FERNÁNDEZ
Abri los ojos, los volví a cerrar. Los mantuve cerrados durante cierto tiempo, no se cuanto, pero estaba despierto. Al menos, esta era la sensación que yo tenía. Me bullía la cabeza, intenté pensar, no podía.
Abrí de nuevo los ojos, no sabía donde me hallaba. Quise incorporar un poco la espalda, me resultó imposible. Instintivamente quise mover la mano derecha, parecía estar atada a la barandilla de lo que, para mi, era una cama.
¿Que he hecho yo para estar atado? - Conseguí preguntarme.
No comprendía nada. No recordaba nada.
Mi cabeza era un caos, las imágenes se agolpaban en mi mente, como queriendo salir todas a la vez, y no salía ninguna.
Pasé la vista con mucho esfuerzo, por la estancia, todo me resultaba extraño, y al mismo tiempo, familiar.
Vi la figura de una chica sentada en un taburete, de espaldas a mí. Se hallaba a mi derecha, podia verla ladeando un poco la cabeza, otra cosa no podía hacer. Estaba manipulando algo, o quizás escribiendo. No conseguí saberlo.
Intenté llamar su atención, más no podía hablar; de mi garganta no salía ningún sonido.
No recuerdo el tiempo que estuve así, mirándola, observándola, viendo en ella a una tabla salvadora en medio de aquél mar de confusiones en el que me hallaba sumergido.
Al fin se levantó, giró sobre sí mísma, me miró y sonrió.
A continuación dijo buenos dias, buenas tardes o, tal vez buenas noches, no lo sé, pero añadió:
- ¿Que tal se encuentra hoy ?
¿Hoy? ¿Es que ayer estaba yo aquí? - Me pregunté.
Pregunta sin respuesta.
Volví a mirarme la mano derecha; la miré a ella. En mis ojos debió ver la súplica, en mi cara la angustia.
Me acarició el pelo y me preguntó:
- ¿Quiere saber porqué está atado?
Asistí con la cabeza.
- Porque usted intentaba quitarse las agujas que lleva en la muñeca izquierda. ¿No se acuerda?
Con un gesto dije no.
- Mire, si me promete ser buen chico, le desato la mano. ¿De acuerdo?
Moví la cabeza de arriba abajo, luego de izquierda a derecha. Me confundía, no sabía que gesto hacer.
Ella me comprendió, volvió a sonreirme y me desató.
Me quedé quieto, inmóvil, no me atrevía a moverme. Nuevamente caí en el sueño.
Al cabo de un rato, quizás unas horas, desperté. Estaba sólo; quise llamar, no pude, no podía. Desistí en el empeño, comprendí que me había quedado mudo.
Me tranquilizó ver las puertas de la habitación abiertas. Cuando veia pasar a alguien con la bata blanca, levantaba la mano. Era lo único que podia hacer con cierta facilidad; esto y mover un poco la cabeza, nada más.
Los pensamientos empezaron a atormentarme; nadie me veía, nadie reparaba en mí. Al menos esto era lo que yo pensaba, cuando conseguía pensar.
Estaba inmóvil, con la vista clavada en un punto indeterminado del techo.
Introduje mi mano derecha entre las sábanas y exploré mi cuerpo.
Noté mi desnudez, por lo visto sólo llevaba encima una minúscula bata, que me cubría el pecho, el vientre y poca cosa más.
Sentí un escozor en mis partes íntimas; llevé la mano hasta aquella zona y noté como si llevara algo sujeto en el pene. No sabía lo que era pero me molestaba. No hice nada, no me atrevía a nada. Más tarde supe que se trataba de una sonda para orinar.
Empecé a sentir un fuerte dolor en el brazo izquierdo, lo notaba debajo de mi nuca, como si me hiciera de almohada. Quise retirarlo, no lo conseguí; entonces se me ocurrió ayudarme con la mano derecha. Desplacé esta hasta detrás del cuello con la intención de retirar el brazo dolorido.
¡Debajo de la nuca no había nada! Me asusté. Recordé que en alguna parte había oido el caso de gente que les dolía un miembro del cuerpo, incluso después de ser este amputado.
Durante unos minutois estuve pensativo. Tenía muchas dudas, no atinaba a pensar con cierto razonamiento, creo que tuve miedo sin saber de que.
Al final me decidí. Con la mano derecha atiné a tocarme el hombro inzquierdo, sentí la presión de los dedos en él. Seguí por el antebrazo, el codo y el brazo. ¡Los notaba!
Giré un poco la cabeza hacia mi izquierda; vi mi mano abierta, con la palma hacia arriba. En la muñeca tenía tres o cuatro agujas clavadas, de ellas salía un tubito, supongo que de plástico, que iban conectados a unos envases de diferente tamaño y diferente contenido.
Me olvidé de los envases y de los tubitos, su misión tendrían, y concentré mis débiles esfuerzos, en mover los dedos de mi mano izquierda, de mi inmóvil mano izquierda.
Vano intento el mío, no se movieron.
Probé con el pie derecho, se movió la pierna derecha, también se movía; esto me hizo sentir algo más aliviado.
El pie izquierdo, nada; la pierna izquierda, tampoco se movía.
Volví a desesperarme; me quedé quieto otra vez, tenía miedo. Quería pensar, me resultaba imposible, no comprendía nada.
Notaba una presión en el cuello, como si llevara una corbata excesivamente apretada; con los dedos toqué esa parte de mi cuerpo, noté algo pero no sabía lo que era. No quise averiguar más, temía las sorpresas.
El no saber donde me hallaba hacía aumentar mi nerviosismo, comprendí que no me quedaba otra alternativa que esperar.
Al cabo de cierto tiempo, vino otra enfermera; también me sonrió, se acercó a mi y me dijo:
- Dentro de un momento podrá usted ver a su familia, creo que son sus hijas.
Así fue. Primero vi a mi hija mayor, iba con su novio. Recuerdo que me dió un beso y me habló. Me contaba cosas, yo sólo hacia que mirar, quise hablar y no pude. Se la veía contenta de verme despierto, y fuera de peligro, como más tarde me dijo.
El novio de ella también me contaba cosas, yo seguía mirando. Parecían estar muy lejos, y a la vez, tan cerca. Se fueron.
Luego entró mi hija pequeña, ¡Dios! , la dejé siendo una niña y ya era toda una mujer. Ya no podré jugar con ella.
¿Cuanto tiempo había pasado?
Muy lentamente, mi cabeza empezó a recordar: ¿una embólia?, ¿una ambuláncia?, ¿un hospital?, ¿unos sueños?. Sí, esto debió ser, pero, ¿cuanto tiempo hace? Lo ignoro.
Volvió a pasar un tiempo infinito, o quizás, ¿sólo un rato?
De nuevo desperté. Tenía los ojos húmedos, se notó que en sueños había llorado. La enfermera se me acercó y enjuagó unas lágrimas que bañaban mis mejillas y en un tono maternal me preguntó:
- ¿Que le pasa? ¿Porqué llora? Lo peor ya ha pasado.
Me quedé mirándola. Mis ojos debían ser dos interrogantes.
Los suyos se iluminaron por un momento, hizo un chasquido con los dedos y me preguntó:
- ¿Conoce usted las letras del abecedario?
Parecía una pregunta tonta pero si tenemos en cuenta el estado psíquico en que me encontraba yo, era de lo más razonable. Dije que sí con la cabeza.
- Espere un momento.- Me pidió.
Se levantó y se dirigió a la mesa, cogió una libreta y un bolígrafo y volvió a sentarse junto a mí.
Escribió las letras del abecedario en una página y me la mostró al mismo tiempo que me decía:
- Vamos a ver. Usted me señala las letras con el dedo y yo las iré escribiendo. ¿De acuerdo?
Moví positivamente la cabeza y empcé a señalar.
En el papel blanco de la página, quedó escrita esta pregunta:
- ¿QUE ME PASA?
Me miró con ternura, limpió el sudor de mi frente y me contestó:
- Ha pasado usted un mal trance. Ha estado muchos dias sufriendo, padeciendo, luchando en su interior.
Hemos temido por su vida y aunque hacíamos lo que podíamos, a veces nos veíamos impotentes. Se nos escapaba de las manos.
La muerte vino en su busca, pero usted se aferraba a la vida y eludió el peligro. La muerte, en este caso, tuvo que marcharse de vacío.
Ha quedado usted cansado, desfallecido, triste y sorprendido de volver a la vida. Hoy ha vuelto usted a nacer, confíe en nosotros, le ayudaremos.
Luego vendrá el Doctor y se lo explicará todo. Ahora, descanse, si le apetece, duerma. Esté tranquilo, yo me quedo aquí. ¿Me ha comprendido?
Moví la cabeza de arriba abajo; quise coger su mano en señal de agradecimiento, pero no me atreví. No sé exactamente el porqué.
Cerré los ojos e intenté recordar. Sabía quién era, recordaba una ambuláncia, unos médicos, una habitación y poca cosa más.
Poco a poco, con mucho esfuerzo, se iba disipando la bruma que enturbiaba mi cerebro.
Cerrando los ojos conseguía situarme en el pueblo donde residía, como era la calle y cual era el portal.
Mentalmente entré en dicho portal, subí las escaleras hasta el segundo piso y me encontré frente a la puerta de mi casa.
Y ahora ¿qué? ¿Qué hay al otro lado? No lo sé.
Siempre mentalmente, introduzco la llave y abro la puerta, titubeo y entro; me cuesta saber donde estoy.
Abro los ojos; así és imposible.
Los vuelvo a cerrar, creo que estoy en el recibidor, si, esto és.
Estas puertas, , ¿a donde conducen?, ¿a la cocina? No. ¿Al comedor?... Puede ser. Si, es el comedor. Empiezo a situarme.
El esfuerzo fue grande. Me quedé dormido.
No sé cuanto rato pasé durmiendo, no distinguía el transcurrir del tiempo.
Lo mísmo podían ser las diez de la mañana, que las tres de la madrugada.
Sentía una opresión en el cuello. La enfermera me explicó que era debido al "corbatin" que me pusieron al hacerme la traqueotomía.
Nuevamente vinieron mis hijas, me hablan, me cuentan cosas, se las ve contentas. También ellas han sufrido; quizás más que yo.
Le pregunté a la mayor:
- ¿Donde estoy?
- Estás en un Centro Hospitalario, papa. - Me respondió.
¡Sorpresa! ¡Me ha entendido! ¡Sabe leerme los labios!
Seguidamente, mi hija, me señaló el lado izquierdo de la almohada.
Es verdad, allí hay escrito el nombre del Centro Hospitalario, junto con el anagrama del mísmo. ¡Como no me habré fijado antes!
El novio de mi hija me habla de unas olimpiadas. Entonces me acordé de mi hijo. A la memoria me vino aquél sueño en que ganaba una etapa del "Tour".
Muy ilusamente pregunté a mi hija:
- ¿Está tu hermano en los juegos olímpicos?
Ella me miró sorprendida y me respondió:
- No, está trabajando.
Lástima, me hacía ilusión.
Mis hijas se fueron; otra vez me quedé sólo.
Me seguía doliendo el brazo izquierdo que suponía debajo de la nuca.
Si estaba allí extendido, ¿como podía doler?
En un momento determinado miré hacia la puerta y vi la figura de un hombre bastante alto. Su pelo era rubio, sus ojos azules, su cara joven y sonriente, ofrecía confianza.
Llevaba la bata blanca, era médico.
Me sonrió y se acercó a mí. Estrechó mi debil mano y se sentó a mi lado, en la cama.
- ¡Hola! Soy el doctor que le ha atendido estos dias. Veo que ya se encuentra mejor. ¿No es así?
Creo que no contesté.
Él volvió a cogerme la mano, me miró a los ojos y me preguntó:
- Si le hablo, ¿sabrá usted comprenderme?
Respondí afirmativamente. En el fondo deseaba, ansiaba saber cual era mi situación y, aunque tenía miedo, algo en mi interior me decía que tenía que salir de detrás de la cortina y asumir un nuevo papel en la tragicomedia de la vida. El anterior, había terminado.
El Doctor, apretó aun más mi mano, y empezó su relato:
- Bien. Usted padeció una embolia y una posterior trombosis cerebral. Fue traido aquí, a la Unidad de Cuidados Intensivos. Las primeras horas y los primeros dias, indicaban que su estado era irreversible; se nos iba, se nos moría. Luego la situación fue cambiando y concebimos nuevas esperanzas. Su lucha interior era vital; nosotros, prácticamente lo habíamos intentado todo. ¿Me vas comprendiendo?
Empezó a tutearme.
- Los dias han ido pasando -prosiguió el Doctor-, llevas aquí un més y tú situación ha mejorado mucho y seguirá mejorando. Escúchame bien, es duro pero tienes que saberlo. Tú ya nunca serás el que eras; me explicaré:
De momento vete haciéndo a la idea de que, cuando salgas de aquí, tendrás que ir en una silla de ruedas. ¡No te alarmes! - Exclamó al ver que me hundía en una gran depresión.- No sabes la infinidad de cosas que se pueden hacer aunque se vaya en silla de ruedas, incluso el amor. Con tesón, paciencia, trabajo y algo de suerte, existe la remota posibilidad de que puedas más o menos andar.
En cuanto al movimiento del brazo izquierdo se refiere, no creo que lo recuperes nunca, a no ser que ocurra un milagro, y yo, personalmente, no creo en ellos.
Lo siento, pero a pesar de todo son buenas noticias.
Me lo quedé mirando con cara de sorpresa. ¿"Buenas noticias"? ¿"Se estará burlando de mí"? Pensé.
Debió adivinar mis pensamientos, porque a continuación me dijo:
- No, no me rio de ti en absoluto. Te hablo así porque deduzco que eres una persona valiente, nos lo has demostrado a todos. Sigue por este camino y verás que, poco a poco, irás logrando cosas. ¡Animo! Para cualquier cosa, cuenta con nosotros.
Me sonrió y se fue. Más tarde comprendi que, para él, también debió ser un mal trago el tener que darme aquellas noticias. Pero alguien tenia que dármelas.
Por mucho ánimo que me diera el Doctor, lo cierto es que me quedé abatido, estupefacto, desmoralizado... ¡Sólo tenía quarenta y ocho años!
"No puede ser. Seguro que estoy soñando otra vez. En cuanto despierte sólo lo recordaré como un mal sueño".
No era un mal sueño era "una cruda realidad".
¡Una silla de ruedas!
No podía ser, tiene que haber un error.
¡Con lo que yo he andado!
"Y ahora me dicen que no daré un paso más. ¡NO!"
"VOLVERÉ A ANDAR. AUNQUE SEA COJEANDO. AUNQUE SEA CON UN BASTÓN.
AUNQUE TARDE CINCO AÑOS"
"ANDARÉ"
FI D'AQUEST CAPITOL
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